EDITORIAL





Miradas
Hoy se cumplen nueve meses desde que la tierra despertara en forma brusca y terrible a los casi un millón de maulinos que, en su mayoría, dormían en la madrugada de ese día que, como hoy, correspondió a un sábado 27. Espanto, dolor, sorpresa, miedo, fueron algunas de las reacciones ante la catástrofe, en la que miles de personas perdieron sus hogares, muchos sintieron la partida de familiares y otros quedaron sin su fuente de trabajo.
El 27 de febrero y los 8.8 grados Richter del terremoto marcaron para siempre el año 2010 y cambiaron el destino de esta zona que, en esos días, se preparaba para iniciar un esperado año del Bicentenario de la Independencia con actividades especiales para recordar la gesta libertaria de 1810.
Ya constatamos que todo se transformó, las prioridades se alteraron y una nueva dinámica se impuso como principal acción: la ayuda a los damnificados y el enfrentamiento de las urgencias propias de la calamidad telúrica y marítima. La solidaridad asomó con la fuerza que los chilenos sabemos demostrar y los aportes se multiplicaron por miles. Salvo los saqueos, que fueron la nota negra de esas primeras jornadas tras el sismo, la comunidad respondió a las exigencias de la realidad que imponía medidas especiales, toque de queda, escasez de alimentos y combustibles, cortes de agua y luz, entre otras complicaciones. Pero estar vivos era lo que importaba en ese minuto y todo lo demás era aceptado.
Superada la primera fase de la emergencia, vino la necesidad de ubicar a los damnificados, se instalaron campamentos (llamados “aldeas”) con decenas o centenares de mediaguas, en algunos casos; se distribuyeron viviendas de emergencia, en otros; muchos emigraron a otras zonas, otros se quedaron arrinconados en lo que quedó de sus viviendas. Comenzó el despeje de escombros y la dura etapa de la demolición de los inmuebles más dañados.
El recién asumido gobierno cambió sus anunciados planes de gestión 2010-2014 para iniciar los programas de ayuda y entrega de subsidios, de modo de iniciar la pronta reconstrucción. Apoyo al comercio que quedó en el suelo, a los pequeños empresarios que perdieron sus maquinarias, a los productores agrícolas, a las familias que requerían con desesperación un nuevo hogar.
Han pasado ya nueve meses. Y para algunos los logros superan las carencias, se exhiben cifras de miles de millones de pesos en distintas áreas, como Educación y Salud, Vivienda y Obras Públicas. Inversiones que se materializarán en los próximos meses y años para recuperar escuelas y liceos, rutas, hospitales y viviendas sociales.
Para otros, las tramitaciones en el sector público han sido excesivas, pese a los anuncios de agilización de los procesos, y destacan la rapidez con que el sector privado ha comenzado a actuar en distintos aspectos, ya sea con ayuda a comunas, ciudades y pueblos o en la recuperación de locales comerciales dañados y construcción de nuevos edificios o complejos inmobiliarios.
La tarea ha sido titánica y lo seguirá siendo, pese a las miradas distintas, el deber de colaborar sigue vigente y envuelve a todos, públicos y privados. La emergencia está siendo superada, pero no ha terminado. La reconstrucción está en sus inicios y queda mucho por hacer. A nueve meses de la catástrofe, los 8.8 grados aún remecen al alma maulina.

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